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quarta-feira, 26 de março de 2008

Violencia ¿doméstica?

Hoy me levanté temprano, cansada, este fin de año me tiene agotada. Viajes, poco dinero, por suerte lo que no faltan son proyectos.

Mientras desayunábamos en la cocina, Clari me pregunta si ya he visto el diario. Le digo que no y me lo muestra. Otra mujer muere asesinada en manos de su marido. Ayer hubo otra y la semana pasada cuando estaba en Natal (Rio Grande do Norte), el único día que un diario pasó por mis manos, las letritas pequeñas – nada de lugar principal – informaban dos graves agresiones. Una de ellas murió y la otra luego de días de internación salvó su vida.

Esa noticia la leí mientras esperaba que me hicieran una entrevista en la radio. Parece que tuve suerte, es un programa muy escuchado aunque su conductor parecería ser tan culto e informado como conservador.

Después de dos horas sentada en la salita y de haberme levantado a las cinco de la mañana, finalmente llegó el momento. Junto conmigo entraron dos señores que acababan de llegar, ninguna espera para el traje y la corbata. Uno de ellos era el gerente general de la Petrobrás, el otro, un mega empresario de la iglesia católica.

Los señores importantes comenzaron primero. Durante los cuarenta minutos de tiempo que le otorgaron al empleado de dios, pude escuchar burradas tales como que con las caridades y las fiestas que organizaban para los pobres en navidad, él se ganaba su pedacito – mayor – de cielo.

Otros cuarenta minutos de brutalidades capitalistas, desastres ecológicos provocados para “servirnos mejor” y ya no sabía cómo sentarme, ¡finalmente me toca a mí! Le pregunto al conductor cuánto tiempo tendré, me responde: entre diez y doce minutos.

Una de las primeras frases del entretenedor del circo es sobre violencia doméstica. Lo interrumpo, cosa que nadie hace, pero a mí las palabras se me caen de la boca.

– No es violencia doméstica, es violencia de los hombres contra las mujeres.

Él, jugando el papel de galán seductor (pocas cosas despiertan más fantasías en un hombre, que la posibilidad de conquistar a una lesbiana) me dice que tiene muchos amigos que son golpeados por sus mujeres. Lo miro con cara seria, con la misma que nunca se ríe de un chiste sexista, ni racista. Él empieza a acurrucarse. Le digo con voz muy segura, y a la vez dejando paso a la duda, que es muy raro, porque si así fuera, seguramente los diarios lo publicarían, ya que son ustedes, los hombres, quienes los dirigen, los escriben, los venden. Se da cuenta que el humor machista no va conmigo y se disculpa. Le digo que ese humor sirve para dejar las cosas como están y no hacerse cargo, también para fortalecer la violencia y el machismo. El animador acaba disculpándose conmigo – nuevamente – y dándome la razón.

Ahora quiere hablar de mi apellido y del origen de mi familia. Yo, en los ocho minutos que me restan, quiero hablar del origen de la familia, pero no de la mía, sino de la que hablaba F. Engels. Si es posible también de la propiedad privada y del estado. El hombre sabe a qué me refiero.

Una vez que consigo decir una frase de corrido intenta interrumpirme. Es comprensible. Pero mi cabeza hace cuentas y como durante la hora y media que llevo dentro de la sala con un aire acondicionado a su máxima potencia, escuchando horrores a la enésima potencia, pude notar cuánto le gusta mostrarse a este señor. Eso ocupa tiempo y tiempo es lo que no tengo. Quedan siete minutos y yo también quiero ser escuchada, finalmente para eso viajé desde Porto Alegre – el otro extremo de Brasil – y sobre todo, para eso me invitaron a Natal. Después de todo, no es todos los días que una lesbiana feminista está en la abertura del Foro Social Potiguar.

Tengo la sensación de que hace una eternidad que vengo escuchando hablar de cosas que solamente afirman y reafirman todo aquello que yo quiero destruir. No quiero devolverle la palabra. Tomo el control de la situación. Estamos al aire en una radio, nadie podrá editarme y yo quiero hablar con propiedad. La violencia doméstica es tener un accidente con la heladera, no que un marido le pegue un tiro a su mujer. Un accidente doméstico puede ser tropezarse con la alfombra y no que un hombre espere cuchillo en mano a su ex novia que huyó por las constantes violaciones y agresiones.

Empiezo a hablar de la economía heterosexual y de cómo eso aniquila a las mujeres desde las instituciones. Sólo quedaba en la mesa una mujer – los magnates se fueron en seguida que terminó su tiempo. Mientras hablo, la miro a los ojos. Pregunto, dirigiéndome a ella, cuando una mujer tiene que limpiar la casa, educar a sus hijxs, hacer la comida, las compras, los trescientos sesenta y cinco días del año y no recibe ningún tipo de salario a cambio, eso ¿no es explotación? La mujer se encoge de hombros y se queda pensando. El hombre culto me dice, finalmente poniéndose más a la altura del debate, que eso sería la famosa plusvalía. En las relaciones heterosexuales, el dinero que gana el hombre le corresponde a él y el trabajo que realiza la mujer en casa para que él pueda salir a hacer todo ese trabajo, también. ¿Cómo es que luego, cuando está cansado, porque finalmente el capitalismo y las agresiones sociales también lo tocan, se descarga con la mujer, a quien el sistema le ha enseñado que vale tanto como un trapo de piso, que debe de estar callada y sometida a los deberes de la casa y a su patrón?

Pablo Neruda me interrumpe y con voz seria y seductora comienza a recitar

Me gustas cuando callas porque estás como ausente.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.

Si a los trapos se los maltrata, a las mujeres también. Por eso la violencia es doméstica, porque somos consideradas un objeto más del hogar al que ni siquiera hay que pagar para adquirir. Al contrario, en algunas sociedades la familia de la mujer aún hoy tiene que pagar la dote.

La literatura está llena de cuentos para que nosotras nos traguemos el sapo, éste se convierta en príncipe y nos sintamos felices y realizadas a la hora de ser esposadas por el sistema. De lo contrario, debemos sentirnos solas y avergonzadas. Pensemos en la tamaña creatividad de la sociedad patriarcal capitalista, para que vayamos contentas a tener una casa reluciente, la comida lista y la obligación de ejercer los servicios sexuales para mantener contento al patrón, para que éste sea más productivo a la sociedad capitalista.

Por eso las lesbianas, aún hoy, somos mal vistas, porque nos libertamos de todo esto. No hacemos parte de esa economía “doméstica” siéndole funcional a la dictadura patriarcal. No damos servicios gratuitos de nada y como generalmente trabajamos, generamos desempleo. Unos años atrás, otro arquitecto del sistema demoníaco –Ronald Reagan– justificó el desempleo echándonos la culpa a las mujeres, porque abandonamos los hogares para estar en la calles. ¡Qué putas!, ¿no?

Mujeres: libertémonos. ¿Qué estamos haciendo aguantando esas cárceles domiciliares? Como la Grande Audre Lorde escribía, el miedo nunca nos protegió. ¿Qué esperamos para darnos cuenta que por más que haya leyes, las mujeres tenemos que tener conciencia de que nadie puede agredirnos, maltratarnos, por el simple hecho de ser personas, de existir? Basta de soportar malos tratos, chistes machistas y trabajos desiguales sin remuneración.

Libertémonos y veamos los colores que hay dentro de la vida. Son maravillosos.

No esperemos a que un estado, un patrón, una iglesia o un marido nos proteja. ¿De qué? ¿De quién? ¿De ellos mismos?

Al terminar el programa, el hombre bien informado hace su último comentario:

Finalmente no te pregunté si estás casada, si tenés hijos.

Lo miré con la misma cara de “desolación” y le respondí:

¡Es verdad! Yo tampoco le pregunté a usted.


marian pessah


diciembre de 2006

Um comentário:

Rocitus disse...

Gracias por la lucidez de tu escritura.